jueves, 19 de noviembre de 2015

Quietud


Mirar a un lago y ver nuestro rostro reflejado. Cuando las aguas están clamas y quietas la superficie del agua refleja como un espejo, devuelve la imagen, nos acerca a otra dimensión, una nueva forma de mirar pero que no es más que otro perspectiva de la misma realidad.

Cuando las aguas están revueltas no reflejan nada, la mirada se pierde en el barro, en el polvo en suspensión, en la agitación de la espuma blanca de las olas.

La quietud no tiene nada que ver con afuera,

Ocurre dentro de la mente. Cuando somos capaces de apaciguar la incertidumbre y el revoloteo incesante de la mente.

La quietud se refleja hacia afuera, no es ensimismamiento, al contrario. Es la que nos permite estar atentos y a la escucha. Nos permite estar preparados para dar la mano, para devolver una sonrisa amable, para agradecer esos pequeños detalles con que la vida nos sorprende.

Mientras tengamos la mente confusa, llena de ruidos, de rumiaciones, de cavilaciones, no podremos tener la quietud suficiente, la mente será un hervidero y seremos incapaces de poner algo de orden a ese batiburrillo de distintas voces que nos invitan a apresurarnos en todas las direcciones, antes de saber donde vamos.

No podemos pretender que el ambiente que nos rodea sea un bálsamo de tranquilidad, es algo que, en el mejor de los casos, está fuera de nuestro control, pero si podemos tratar de navegar por ese océano de vaivenes con la mente aquietada o en proceso de aquietarse, mente que aunque le embistan mil olas es capaz de navegar sin hundirse, reflejando serenidad en vez de fomentar incertidumbre y dolor.

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