martes, 3 de noviembre de 2015

Pervivencias

Los difuntos viven en la memoria de los vivos. Actuamos, a veces, como si aquellos que no están aún estuvieran todavía presentes,, "interectuando" con ellos, ajustando, por ejemplo, nuestro comportamiento a los que ellos hubieran deseado, respetando, otro ejemplo, sus últimas voluntades, el supuesto mas obvio de ello son las claúsulas testamentarias que se ejecutan como actos de la voluntad de quien ya no es sujeto.

Esta memoria  da una continuidad a las relaciones sociales, conforman una comunidad de vivos y difuntos, se escucha y se atiende a las voces de los difuntos, nos comportamos de una forma determinada para no "disgustar" a nuestro antepasado fallecido. Se forma una tradición donde las voluntades se van transmitiendo como de la mano.

Su recuerdo genera una ilusión de permanencia. El difunto no cae en el abismo del olvido mientras alguien le recuerde y actúe como si "escuchara su voz". ¿Pudo nacer de esa memoria, el culto?, la veneración por los muertos?, por los antepasados, que constituyen la raiz de nuestras identidades.


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