La infancia es también el momento de las grandes pasiones, donde se desdibujan los límites entre lo posible y lo imposible, donde nada parece poder parar nuestros sueños.
Me ha gustado esta frase, porque pienso que debemos reinvindicar lo lúdico, los sueños, sin dejar que "envejezcan", ... hacer oídos sordos cuando nos digan: "no tienes ya edad para hacer esto...", porque, aunque si la tengamos, la pasión es lo que debe movernos, es la que airea los ensueños, nos saca del inmovilismo, de la postración que conduce al enquistamiento, y nos hace salir afuera, recuperando esos espacios que soñábamos infinitos, libres, sin obstáculos.
Soñar es peligroso, rompe el pequeño equilibrio, esa estrecha área de confort en la que nos hacemos la ilusión que todo está controlado y en la que nos amodorramos como en un confortable sillón. Sin embargo hay una voz que sigue gritando en el interior, esos ecos de la infancia que se resisten a morir congelados sepultados bajo el denominado "sentido común".
Dejar salir la voz, esta es la expresión del arte, correr, saltar, jugar con la arena, subirse a una montaña...¿Por que no?. Porqué pensar que pertenecen a una etapa ya superada que tenemos que mirar por encima del hombro desde nuestra "supuesta" madurez. No se trata de ningún complejo de "Peter Pan"... no es ponerse una venda en los ojos y negarse a aceptar el paso del tiempo, es, precisamente lo contrario, quitarse la venda, sacudirse la modorra, y tener el suficiente coraje para convencerse de que seguimos estando vivos, que tenemos sueños, ilusiones, y que no les hemos cerrado la puerta.

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