Termina la vida y queda la huella. La primera es finita, temporal, acotada en un principio y en un fin, la segunda puede extenderse indefinidamente, como un eco que nunca se pierde. La vida pertenece al sujeto, la huella ya no. Queda allí en el camino marcando una dirección, sirviendo de inspiración a la vida de otros sujetos.
Podemos dialogar con los "sujetos" en su vida, pero de algún modo también dialogamos con ellos cuando ya no están a través de sus huellas. Una especie de diálogo ininterrumpido, permitiendo de esa manera que el legado de una vida permanezca. La muerte entonces no lo termina todo, en cuanto al concepto de sujeto, sino que sigue actuando aunque de otro modo.
"Haced esto en memoria mía"...es una frase que aparece en el Evangelio. Las huellas dejadas permiten hacer memoria, y a través de las mísmas podemos reconstruir la vida del sujeto, lo que quiso decir, lo que pretendió construir. No es ilógico pensar que los discípulos de Jesús se reunieran después de su muerte para recordarlo, para evocar su memoria, conservar sus huellas, dejarse orientar por las mismas. Y que de esas reuniones surgiera poco a poco un culto, un ritual, precisamente para evitar que esas huellas se perdieran, que el impacto de esa vida desapareciera.
La existencia es como un diálogo permanente con muchas huellas, la Filosofia, la Política, las Ciencias, la Literatura van atesorando esas huellas, incorporándolas a su patrimonio común. De esa forma la huella ya no pertenece a un sujeto, queda incorporada al fluir de la vida. El Pensamiento se construye en base a ese diálogo constante... no podemos escuchar ya nunca a Aristóteles, Platón, Kant, Levinas...pero tenemos sus huellas, los ecos de sus palabras y los ecos de las palabras de otros que comentaron también sus palabras, como las ondas se propagan en un estanque que en un viaje fascinante llegan ahora a nuestros oidos..


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